miércoles, 21 de noviembre de 2012

Capicúa

Cuando llegamos a Lausanne en mayo de 2011, uno de los primeros lugares a los que fuimos fue Lyon, allí pasamos nuestro tercer fin de semana viviendo en Europa. Por esas cosas del destino o la casualidad, a tan sólo tres fines de semana de volver a Buenos Aires surgió repentinamente una invitación (un poco autoinvitación) para ir nuevamente a Lyon, y obviamente aceptamos. Así que nos causó mucha gracia el hecho de que este destino sea protagonista de nuestra primera escapada de fin de semana y también de la última (buuu…)

Partimos el sábado a la mañana en auto, con Noe como experta e incansable cebadora de mate, y con una lluvia que nos acompañó casi todo el recorrido. Cuando llegamos a Lyon no llovía, nuestros amigos se fueron a cumplir con sus compromisos sociales y con el Chu aprovechamos para ir a almorzar al restaurante especializado en tartines al que habíamos ido la otra vez. No es que no haya otro lugar para comer en todo Lyon, de hecho la Rue Merciere tiene una parte peatonal dedicada a restaurantes especializados en comida Lyonesa en su mayoría, pero nos había gustado tanto L’Epicerie que queríamos volver ahí.

Buscando el lugar, se largó un chaparrón que nos mojó bastante aunque teníamos paraguas, así que nos metimos en varias galerías y paseamos por la parte comercial de la ciudad hasta que paró la lluvia y finalmente seguimos camino hacia el restaurante. Cuando llegamos había cola de gente esperando en la puerta, así que más decididos estábamos a querer comer ahí: gente esperando significa que se come bien.


Tuvimos suerte y enseguida nos ubicaron. El lugar es chiquito y tiene pocas mesas donde uno comparte lugar con otros comensales. A nosotros nos tocó la punta de una mesa larga y pedimos varios tartines para compartir. En realidad no sé por qué le dicen tartines, porque son grandes rodajas de pan tostadas y con ingredientes arriba. Nosotros pedimos tres, uno de cebolla caramelizada con foie gras, otro de queso de cabra y miel, y otro de pera y quesos gratinados. Todos estaban deliciosos, y aunque estábamos que explotábamos no nos quisimos quedar con las ganas de postre, ya que preparan varias tortas que reposan exhibidas en una repisa a la entrada y yo ya les había hechado el ojo. Así que bajo la mirada reprobadora de las señoras que teníamos sentadas al lado (que pidieron una cazuela de hojas verdes y un solo tartín para compartir) nos devoramos una tarta de frambuesas con crema y una de peras con chocolate.





Con la panza llena, nos reencontramos con nuestros amigos y recorrimos el centro viejo, entramos a un par de traboules (patios internos típicos de la arquitectura medieval de Lyon), tomamos un cafecito, compramos caramelos, y subimos en funicular hasta la Catedral de Fourviere para apreciar la magnífica vista panorámica de la ciudad desde ahí arriba.





Cena, sueño reparador, intento de brunch de domingo, y ya estábamos de vuelta en Lausanne para reponer energías de cara a otro compromiso que teníamos a la noche…. Que ya les voy a contar.

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