jueves, 25 de octubre de 2012

Adiós abuelo Alfredo




Cuando era muy chiquita, teníamos con mi hermana una pecera con tres pececitos que se llamaban Pepe, Tito, y Tilulón (porque era todo negro). El abuelo Alfredo venía a visitarnos y siempre jugábamos a saludar y darle de comer a los peces, hasta que Tilulón le mordía el dedo al abuelo y mi hermana y yo lo curábamos y le poníamos una curita, y el abuelo se volvía a su casa con el dedo vendado.

Cuando éramos nosotras las que lo íbamos a visitar, jugábamos a muchas cosas con él. Cuando el tiempo estaba feo, le insistíamos hasta el cansancio que haga tortas fritas y él nos dejaba amasarlas y darle la forma redonda “sin apretar los bordes” y después las cocinaba él para que nosotras no nos quemáramos. Comíamos tortas fritas y jugábamos al chinchón, y siempre terminábamos todos enojados con el abuelo porque en vez de siete cartas, hacía trampa y en la mano terminaba teniendo quince, y por más que sabíamos que hacía trampa nunca lo podíamos enganchar en el momento.

En verano jugábamos a la mancha en la vereda, y cada tanto nos llevaba a Rutasol, a la pileta. Tomábamos el colectivo a la mañana y él cargaba una heladerita con bebidas, frutas, sandwiches o lo que preparara la abuela para el almuerzo. En la pileta pasábamos el día atrapando mojarritas en un zanjón de por ahí, jugábamos al tejo y nos bañábamos en la pileta hasta que llegaba la hora de volver. Y a veces nos compraba un heladito de postre.

Una vez fuimos de  vacaciones a Quequén y estábamos en un dúplex a dos cuadras del mar. Un día se levantó temprano, hizo fuego, adobó un lechón, y lo dejó en la parrilla mientras nos fuimos a la playa. Él iba y venía del mar al dúplex a controlar el fuego, hasta que estuvo listo al mediodía. Ese mismo verano salíamos a caminar por la orilla hasta llegar a un barco hundido, y a una playa con piedras repletas de cangrejos.

El abuelo bailaba tango y folklore, y por supuesto nos enseñó y bailábamos con él en un living de 3 por tres metros que en ese momento era suficiente para que entre tres hiciéramos la coreografía perfecta del pericón. Cuando terminé el colegio secundario, para el acto del Día de la Tradición, no me acuerdo cómo fue pero cuestión que terminé invitando al abuelo para que bailara una chacarera conmigo. Él apareció vestido de punta en blanco y con la escarapela en la solapa, y bailamos dos chacareras junto a otros compañeros y la preceptora del colegio.

Cada tanto el abuelo nos retaba, nunca nos dejaba decir malas palabras ni poner los pies arriba de los sillones.

Después de almorzar, agarraba un pedazo de miga de pan, lo mojaba y hacía animalitos y figuras que se endurecían cuando se secaban…. Un asquete ahora que lo pienso! Pero en ese momento me quedaba viéndolo modelar para ver cuántos picos iba a tener la estrella.

Cuando me casé el abuelo estaba muy contento, hay una foto del civil en la que se ve a él de fondo con una sonrisa de oreja a oreja, siempre me llama la atención de esa foto su sonrisa, me alegra mucho saber que él estaba feliz en ese momento tan importante para mí. Y cuando fue el vals, al principio no se animaba a bailar porque por su enfermedad tenía miedo de caerse, y finalmente bailó conmigo y es un momento que voy a atesorar siempre.

Hace poquito, estando su salud muy deteriorada, lo pude ir a visitar. Pasé con él muchos momentos cuidándolo, acompañándolo, contándole cosas y diciéndole todo lo que lo quería. Un día lo fui a cuidar al mediodía y le pregunté qué quería comer, me dijo que pescado, estaba podrido de comer guiso. Así que le compré filet de merluza y se lo hice a la milanesa, y se los comió de un bocado sin despegar los ojos del plato. En ese momento agradecí que no despegara los ojos del plato para que no me viera las lágrimas que no podía contener. Estaba triste porque sabía que tenía que volver a Lausanne, y que en la instancia de la vida donde cada día es un montón, cuatro meses es demasiado tiempo… Cuando me despedí de él me dijo: Chau, que seas feliz.

Hoy se fue, ya no está en este mundo, ya no sufre ni siente dolor. Y entre tantas cosas maravillosas, lugares hermosos, paseos y aventuras inolvidables, hoy me toca vivir lo peor de estar lejos de la gente que uno quiere, y no poder abrazarnos y acompañarnos en este momento, y que juntos nos despidamos del abuelo. Por eso, porque esto también forma parte de esta experiencia me pareció que no podía dejar escribir en el blog sobre el abuelo y de alguna forma compartir también este momento triste.

Me dejó muchos recuerdos, los que escribí antes y muchos más, me dejó una familia, mi abuela, tíos, primos, padres, hermanos… en todos y en cada uno de nosotros vivirá el recuerdo de un abuelo que se hizo querer y que nos brindó todo su cariño. Gracias abuelo, y hasta luego, yo sé que en otro plano algún día nos vamos a volver a encontrar. Hasta ese momento voy a tratar de hacerte caso y ser feliz.
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